La toma de decisiones es la meta-habilidad más elevada que puede desarrollar un ser humano.

Quien domina eso, domina muchas cosas.

La calidad de tu vida depende de la calidad de tus decisiones.

Tres cuartas partes de lo que eres es producto de todas tus elecciones, así que antes de quejarte por algo, piensa que de algún modo tus decisiones te han traído hasta aquí.

Y guarda tu drama para algo legítimo.

¿En qué vas a basar tu modelo de toma de decisiones, tus reacciones, tu confianza, tu vida?

¿Cómo sabrás cuál es el siguiente paso? ¿Qué actividad llenará tu siguiente minuto?

¿Qué pasará mañana cuando te veas en la necesidad de abogar o no por alguien?

¿En qué vas a depositar tu confianza?

¿En tus bienes? ¿En tu círculo social íntimo? ¿Tu trabajo? ¿Tu cuerpo? ¿En las correcciones políticas en turno? ¿En lo que crees conocer de una persona?

Aunque la mayoría son enriquecedoras, todas esas fuentes son perecederas.

Depositar la confianza de toda una vida en cosas vulnerables produce una confianza vulnerable. Un temperamento de cristal. Un carácter flaco. Un temple de papel.

Tus familiares podrían caer en el mismo avión. Tus amigos traicionarte. Tu empresa ser absorbida o quebrar. Tus riñones fallar. Tu moneda devaluarse. Tu país entrar en crisis.

¿Qué te impediría no suicidarte?

La clave a ésta gran incógnita es:

TIENES QUE BASAR TU VIDA EN PRINCIPIOS.

Y tendrás que recordártelo una y otra vez durante el camino.

Pero no hay que cometer el error de juzgar la palabra “principios” por su aparente simplicidad o sus asociaciones verbales inmediatas.

Los principios son atemporales, ajenos a los terrores cotidianos. Leyes naturales e indiscutibles de la dimensión humana.

Siempre han estado ahí, gobernando la realidad. Son como la física porque no hacen concesiones, si la ecuación es errónea, simplemente no funciona.

Los principios actúan como un andamiaje sólido alrededor del cual estructurar y ejecutar nuestro carácter.

Funcionan porque son indiscutibles como las leyes de la gravitación universal.

No podemos quebrantarlos ni manipularlos, sólo construir sistemas entorno a ellos.

Faltar a los principios es estrellarse contra una realidad objetiva, es debilitarse en profundidad.

¿Qué pasa cuando le das la razón a esa mujer sabiendo que no la tiene sólo por obtener el fermento de su aprobación?

¿Y cuando quieres primero tener, luego ser y después hacer?

Hacer-ser-tener, así es como funciona.

¿Quieres reputación?

Pues primero tienes que hacer cosas, luego ser alguien y después tendrás reputación.

¿Quieres tener músculos fuertes?

Primero tienes que hacer pesas, luego ser disciplinado y después tendrás músculos fuertes.

Hacer-ser-tener, así es como funciona.

Los principios no se quiebran ante nosotros. Nosotros nos quebramos ante los principios.

Lo único que podemos hacer es percibirlos, comprenderlos y construir sistemas en torno a ellos para beneficiarnos o protegernos.

Inmutables, indiscutibles y terriblemente evidentes.

La efectividad de los principios ha sido constatada durante todos los ciclos de la historia humana, emergiendo una y otra vez a la superficie como submarinos majestuosos.

Y, sólo en la medida en que las tribus o sociedades los percibieron y vivieron en armonía con ellos, avanzaron hacía la supervivencia o hacía la autodestrucción más absoluta.

Pero no confundamos principios con valores.

Los principios no cambian según la política social en turno.

La gravedad no está gobernada por valores sociales.

El campo no está gobernado por valores sociales.

El funcionamiento del cuerpo no está gobernado por valores sociales.

Los principios son terriblemente evidentes porque parecen vivir en la memoria colectiva.

Todos saben que no pueden dar lo que no tienen, lo saben, casi de manera inconsciente, aunque actúen de forma contradictoria.

Lo saben, aunque no lo valoren.

Porque los valores cambian según la cabeza, los principios no.

Los valores fallan según la cabeza, los principios no.

Pero ignorar los principios siempre castiga en el largo plazo.

Y su castigo será perfecto.

Llegados hasta aquí, sabemos varias cosas:

1. La clave para fortalecer el carácter está en depositar tu confianza en fuentes sólidas y no perecederas.

2. Los principios son esas fuentes.

3. Los principios no son valores.

4. Los principios no son modales.

5. Los principios no dependen de correcciones políticas.

6. Los principios son externos, inmutables y atemporales.

7. Los principios gobiernan la realidad, los resultados y las consecuencias.

8. Los principios han sido constatados durante todos los ciclos de la historia.

Vía El Blog Masculino (@elblogmasculino): https://twitter.com/elblogmasculino?s=09

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